lunes, 17 de mayo de 2010

Milagros Flores

Milagros Flores se paseaba por las calles de Concepción. Le gustaba contar los autos que pasaban, mientras ella se caminada en las veredas de la ciudad. Su rutina diaria era siempre diferente: algunos días, ella transitaba por las avenidas paralelas al río y otras, por las perpendiculares.

Esta señorita nunca se paseaba por la misma calle 2 veces en un mes, sin embargo, gracias a sus largos paseos se conocía la ciudad al revés y al derecho. Era capaz de decirte con exactitud, donde se encontraban los más económicos restaurantes, los más lindos paisajes, los calejones menos transitados o un lugar tranquilo en el cual fumarse un cigarro a las 3 y media de la mañana, sin miedo a que algo malo le pasara.

Sin duda, conversar con Milagros era una aventura. El problema residía en su forma de vestir: parecía una andrajosa.

Es por esto que Milagros simpre la veías sola. Eso no le molestaba, ya que prefería mil veces estar sola que mal acompañada. Es por esto que Milagros

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