Sobre una triste vereda, sentado, un harapiento de sonrisa melancólica contaba estrellas con la punta de sus dedos. Aquellas pequeñas lucecitas eran sus historias, sus secretos, que recordaba detalladamente. Su única compañia, la soledad, lo acompañaba día y noche, horas y segundos, risas y lágrimas. El nombre del andrajoso era desconocido para todo el mundo, menos para él.
Un día la pena lo embargó con mayor fuerza; la noche estaba nublada y no podía contar los astros, ni pudo recordar sus memorias. Pensó que moriría. Cuando ya casi pudo ver el fin de sus días, cayó dormido en la calle de tristeza.
Sin embargo, la historia no terminó allí. Al despertar, una señorita de ojos luminosos lo observaba dentro de sus recién abiertas pupilas. Cómo te llamas- preguntó ella. Él guardó silencio y a lo único que atinó, fue a contar sus ojos con sus lánguidos dedos antes de desmayarse de nuevo.
Al llegar la noche, el vago vióse en la calle nuevamente. No sabía si había soñado a aquella señorita o si de verdad había visto dos estrellas a plena luz del día. Es así como siguió su rutina y nuevamente se puso a contar estrellas.
-¿Por qué cuentas estrellas con los dedos?- preguntó una voz sincera.
-Porque mis dedos bailan con ellas, mientras mi imaginción danza con mis recuerdos- respondió escuetamente él.
-No me has dicho tu nombre- le dijo insistentemente la vocecilla.
-¿Y por qué debería...?- en ese momento se dio vuelta y vio a la niña de los ojos de estrellas. En ese momento se dio cuenta que no la había soñado. Eres la tú- le dijo balbuceando.
-Si no me dices tu nombre, no puedo ayudarte- le dijo seria.
-Me llamo Ángel Tapia
-Ángel... tú no debes estar aquí, despierta y recupera tu cordura.
En aquel momento el podiosero despertó en el hiospital después de estar tres días desmayado. Desde entonces ya no necesitaba ver las estrellas para recordar su pasado. Desde entonces lo único que tenía que hacer para lograrlo, era cerrar los ojos y recordar a la niña de los ojos de luciérnagas.
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