Yo amo la tierra fértil de mi suelo natal,
amo las playas que con su caricias
le dan vida a los páramos quemados
por la brisa marina.
Amo los vientos septentrional
que con su cantar trae lluvias,
que alimentan los bosques vírgenes
y sus árboles milenarios;
amo el susurro de las gotas
que viajan en picada
sobre flores y arbustos,
sobre mis manos cansadas.
Amo el cantar de las aves por la mañana
que avisan que un nuevo día
ha comenzado.
La orquesta del verde
amanecer en mi ventana,
la amo tanto y tanto,
porque evapora de mi memoria
los tristes amaneceres solitarios,
donde ni la soledad se atrevía
a hacerme compañia.
Amo, por sobre todo, el cielo y sus mantos flotantes,
que viajan por surcan mi cabeza
en busca de suelos en los cuales posarse.
Amo el amanecer y el crepúsculo;
sus arreboles, sus colores, sus formas,
sus lamentos y sus cantos.
Pero por lo que más amo mi tierra,
es por haberte sostenido;
a mis playas,
por haberte bañado;
a mis páramos,
por haberte acompañado
y a la brisa marina,
amada mía,
por haberte acariciado.
Amo el cantar de las aves,
cuando estás a mi lado
y el nuevo día,
porque es un segundo más contigo
que comparto.
La orquesta del bosque
me recuerda que estarás conmigo
y el cielo, por cobijar tu descanso.
Amada mía, las lluvias
tienen un gusto distinto
desde que sé que por tu cuerpo han viajado
y los arreboles del crepúsculo,
que me recuerdan tus mejillas
segundos después de haberte besado.
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