Ella posa lentamente su mano sobre la de su compañero de tertulias, lo observa a los ojos y le dice: si de mi dependiera, no bebería más. Él, atónito, no puede quitar la vista de aquellas profundas pupilas color miel, luego balbucea y no atina a nada más que a llenarle el vaso nuevamente.
¡Idiota, no te acabo de decir que no quiero más! Ella le suelta la mano, se para de su asiento de un salto y de un manotazo lanza el vaso lejos. Él no se inmuta con el acto y enarbolando una sonrisa le dice: Aquel vaso era para mí y tú lo diste vuelta, maldita alcohólica.
-Alcohólica tu madre, ¡maricón!
-Siempre me lo sacas en cara, ¡púdrete perra!
Ambos se acercaron y se besaron apasionadamente. Luego se desnudaron y comenzaron a golpearse, mientras se gritaban improperios de grueso calibre.
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